El Arco de la Rosa

​Pequeña reseña del Arco de la Rosa
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Se trata de una de las tres antiguas puertas que tenía el Castillo de la Villa, en Cádiz. Su denominación obedece a la pequeña capilla dedicada a la Virgen del Rosario o de la Rosa que se alzaba sobre ella. Originalmente su acceso se realizaba en eje acodado, a lo que obligaba la torre situada ante él, hoy desaparecida. Sobre el vano, que fue ampliado para permitir el paso de carruajes, defiende la entrada un matacán. Ante el arco se abría una pequeña plaza, denominada plaza de las Tablas, donde se montaban los patíbulos, desaparecida a finales del siglo XIX, cuando se configuró la actual plaza de la Catedral. 


Por estar frente y dar paso al arrabal de este nombre, se la denominó Puerta de Santiago. Con notable diferencia, es la más alta y, por ella, entraba el Cabildo municipal cuando, como en la procesión del Pendón Real, con motivo de alzarlo en las proclamaciones de reyes, se formaba a caballo.  


Los documentos que aluden a esta puerta sólo hablan de “la torre del arco” y, efectivamente, sólo debió tener una, fácilmente identificable por fuera y dentro de la edificación. 


Es posible que, junto a ella, hubiese mayor fortificación, haciendo de barbacana, en la que mucho después de la conquista instalasen las atarazanas que citan algunas escrituras de daciones de censos por la plaza de Cardoso.
Esta puerta tenía su imagen, aunque no sobre ella, sino en la torre. Era de alabastro, movida de talla y graciosamente policromada. La que llegó hasta su desaparición , quizás sustitución de otra más antigua y de tipo arcaico, representaba a Nuestra Señora del Rosario, pero desde lo alto de su capillita callejera del muro, era tan venerada y tenida por milagrosa que la gente la denominaban de los milagros.



En 1618, el Cabildo Eclesiástico, iniciando una política contraria a la tradición de venerar imágenes en plazas y callejuelas, tan propia de nuestro pueblo, y amparándose en estar en continuo peligro de profanaciones e irreverencias, quiso llevarla en procesión a la Catedral, para que allí se le siguiera el culto. Enterados lo vecinos, recurrieron al Ayuntamiento y, trasladada ya, pretendieron autorización para labrar una capilla en la torre, con destino a tan popular y milagrosa imagen. Hubieron sus trámites y dilaciones. Incluso se nombraron a los Regidores don Francisco Fantoni y don Francisco de Lamadrid, para pedir limosnas con destino a la fábrica. Todo quedó en aguas de borrajas, a pesar de nuevas instancias de don Pedro González de Noriega, que capitaneaba a los vecinos.



La imagen de Nuestra Señora del Rosario de los Milagros, como se la denominaba, continuó y continúa en la Catedral Vieja, en la hoy Capilla del Sagrario (entonces denominada de los genoveses), sustituyendo a la Santa María de San George, que desde 1487 presidía el altar de esta nación y que, por ser de plata maciza, no dejaría de llamar la atención a las vandálicas tropas angloholandesas de desembarco del conde de Essex. 


Algunos autores afirman que el nombre actual de Arco de la Rosa pudiera ser debido a algún individio de la familia de este apellido, que tuviera casa principal junto a él. Tal nombre, efectivamente, tuvo prosapia gaditana, puesto que hubieron regidores apellidados de la Rosa.


Quizás el nombre del arco no le llegó de unas casas, ni de una familia, sino de más arriba. Posiblemente, la imagen de los Milagros’ fue sustituida por otra con el correr de los tiempos. Quizás existiera también de antiguo pero, seguramente, en 1761 existía una Nuestra Señora de la Rosa, advocación muy antigua en Andalucía, evidente alusión a la Rosa Mística, muy frecuente en la edad media como en la época visigótica lo fue la representación mayestática de la Madre de Dios con una manzana. Antigua o moderna, a mitad del siglo XVIII el arco de la plazuela se denominaba ya de la Rosa, por esta imagen ya desaparecida, y cuya pista, desgraciadamente, se ha perdido hasta la fecha.



En el año 1764, el capellán del Coro de la Catedral y administrador del santuario o capillita de Nuestra Señora de la Rosa solicitó poder hacerle camarín y capilla con frente a la plazuela de las Tablas, a lo que accedió el Ayuntamiento con tal de no variar la Cruz que por allí estaba. La obra debió emprenderse con brío y buen recaudo de limosnas, pues se terminó al morir el año. Cuando se pensó inaugurar el camarín trasladando a ella la imagen de la Virgen, el Cabildo Eclesiástico la hizo desaparecer del arco, instalándola en una de las capillas ya cubiertas de la entonces medio construida Catedral Nueva, que, según parece, fue la primera en abrirse al culto.



El padre Lipari y los vecinos protestaron de lo lindo. En un primer impulso, los regidores (puesto que la imagen y la muralla eran suyos), pensaron hacer causa suya las protestas. Tras ciertas negociaciones, en las que el Cabildo Catedral se mantuvo en sus trece, escudados en la evitación de escándalos, injurias y obscenidades que se habían cometido con anterioridad. También argumentó el Cabildo, que terminada la Catedral era preciso derribar la torre donde se estaba formando el camarín, para que la línea de la plazuela que se forma quedase recta. 

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